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LOS PRIMEROS VIGILANTES DE LA PLAYA DE LAS AZUCENAS.
José Javier recuerda que de niño iba a esta playa motrileña con su padre y su abuelo mientras que su compañera Iratze ya sueña con bucear en sus aguas cristalinas
El sol cae a plomo sobre la peculiar arena plagada de conchas de las Azucenas, la playa motrileña que desde siempre ha guardado el secreto de sus aguas tranquilas casi como un tesoro junto al puerto. Este verano, por primera vez cuenta con los socorristas que día tras día la recorren para vigilarla. Entre quienes visten hoy esa camiseta amarilla hay un rostro que no le es nada extraño a esa arena.
José Javier García tenía apenas nueve años cuando pisó por primera vez esta playa. No llegaba en coche, porque entonces no se podía, sino caminando, de la mano de su padre y de su abuelo, con la mochila cargada de ilusión veraniega y poco más. Se ponían allí, junto al espigón, y se echaban el día entero. Mientras su padre salía a pescar en un pequeño lo que fuera picando aquel día, él se quedaba entretenido con la pelota, correteando descalzo sobre la arena caliente. Han pasado quince veranos desde entonces, quince años de recuerdos que huelen a salitre y a protector solar, y José Javier ha vuelto a la misma playa de su infancia.
«Antes, cuando pasaba algo, llamábamos al 112 y a esperar», recuerda con una mezcla de nostalgia. Por eso, dice, valora tanto que este verano exista por fin un servicio de socorrismo en una playa que, a su juicio, siempre lo mereció. Para él, quienes hoy se tumban en las Azucenas tienen el mismo derecho que cualquier bañista de otras playas a sentirse protegidos bajo el sol. Y no duda en compararla con otros arenales más bulliciosos, como Playa Granada: frente a ese ambiente «más masificado», José Javier defiende que las Azucenas son «un retiro espiritual», un lugar donde el tiempo parece detenerse y donde todavía es posible disfrutar de un día de playa en plena tranquilidad.

No todos sus compañeros llegan con ese equipaje de recuerdos de pequeños. Es el caso de Iratze Coraviño, que este verano se estrena precisamente en las Azucenas, después de haber pasado por otras playas de la zona. Y aunque ella no jugaba aquí de pequeña, su primera impresión se parece mucho a la de José Javier: la describe como una playa de una tranquilidad casi inusual perfecta para quien busca desconectar del bullicio del verano. Y ya tiene un plan pendiente para cuando acabe la jornada: volver a esta misma orilla, pero sin uniforme, con amigos, y bucear en unas aguas que ve cristalinas y llenas de vida, gracias precisamente a esa tranquilidad que tanto la ha enamorado.
Cada mañana, José Javier, Iratze y el resto del equipo se ponen en marcha. Recogen primero el material en las instalaciones número 3, pasan después por la náutica de Levante a por lo necesario para la jornada y, ya cargados, se dirigen hacia la zona del espigón para montar su puesto: la silla en su sitio, todo listo para tener cubiertas tanto Levante como Poniente durante las largas horas de sol que quedan por delante.
El coordinador de salvamento y socorrismo, Francisco Alfonso Valverde, explica que el dispositivo tiene dos socorristas: uno siempre en la silla de vigilancia, atento al horizonte, y otro en un minipuesto con sus propias sillas y un maletín de primeros auxilios para cualquier intervención. El servicio arranca a las doce del mediodía y se prolonga hasta las ocho de la tarde, con turnos rotativos cada cuatro horas, y para moverse de un lado a otro cuentan con un quad. Sobre las cinco menos cuarto de la tarde llega el relevo con la otra base, y el equipo se traslada para terminar la jornada hacia la zona del espigón, donde permanece hasta que el sol empieza a caer y la playa, poco a poco, se va vaciando.
Por ahora, la temporada avanza sin sobresaltos y ni José Javier ni Iratze han tenido que lamentar percances importantes. Lo que sí mantiene ocupada la mirada de los socorristas es el constante ir y venir de veleros, pequeñas embarcaciones y motos de agua que entran y salen de la escuela náutica cercana, además del carril náutico.
Además, pasan las horas haciendo las dinámicas, que son unos recorridos que los socorristas hacen a diario, turnándose entre Levante y Poniente, moviéndose siempre hacia donde más gente se concentra. Paseo tras paseo siguen vigilando el horizonte, y José Javier recorre cada jornada la misma arena que un día pisó como bañista, solo que ahora lo hace junto a su compañera con la responsabilidad y también con el orgullo de cuidarla.
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